Los Piojos

“El farolito”

“Tercer arco” fue el disco consagratorio de Los Piojos y uno de los más exitosos de la década de los ’90. Antes de llegar a Obras, la banda presentaba “El farolito”.

“Pistolas”

En el año 1994, Los Piojos grababan su segunda placa “Ay ay ay”. A partir de allí, la banda liderada por Andrés Ciro comienza a tener trascendencia mediática. Un esencial del rock argentino: “Pistolas”.

Ay ay ay: un disco rojo y de reconocimiento

Afuera, una claridad de “infinita paciencia”, los rayos tenues de un sol que empezaba a retirarse bañaban los tejados del barrio que los vio nacer. Todavía, los vecinos compartían algún que otro mate lavado en la vereda; los pibes se entretenían jugando a las escondidas; las bicicletas eran el medio de transporte preferido para ir al almacén. Adentro, una cocina en penumbras; un silencio de “calma feroz”; una hoja desgarrada por la brutalidad del lápiz que imploraba sanar, que necesitaba dibujar escenas insoportables en una canción, que buscaba un abrazo esperanzador en la comunidad de entonar entre muchos ese estribillo.  

Afuera, la tarde caía lenta sobre El Palomar, la vida transcurría sin grandes sobresaltos, salvo por alguna que otra carcajada infantil que cortaba gentilmente el transcurrir del crepúsculo. Adentro, las palabras se amontonaban en ese nudo en la garganta, en la cabeza ansiosa por expulsarlas, en la mano que dolía mientras ejecutaba el trazo de cada una de sus letras, en las lágrimas que no querían caer de un Andrés Ciro veinteañero que empezaba a esbozar una de las baladas más sentidas de ese rock que nacía en los noventa y que hoy pedimos a gritos en los estadios para poder volar “Muy despacito” sobre el abismo junto a él. 

Un cuarto de siglo después, con el diario del lunes, los piojosos empedernidos jamás nos hubiéramos imaginado que Ay, ay, ay, el segundo álbum de estudio de Los Piojos y, que nosotros mismos nos encargamos de legitimar como el “disco rojo”, supuso uno de los desafíos más difíciles para esta banda oriunda de la zona oeste del conurbano bonaerense. 

Luego de la propuesta de Chactuchac (1992), la carta de presentación de la banda liderada por Andrés Ciro Martínez, el siguiente trabajo requería de un mayor compromiso, puesto que el disco debut no tuvo el reconocimiento que los músicos esperaban. Aún muy jóvenes, pero con las ideas bastante claras, seguían en la búsqueda del impacto musical y así explotar esa paleta recargada de diversos sonidos, todos autóctonos del Río de La Plata y con los que, poco a poco, fueron formando una identidad propia.

Esta historia está spoileada desde todas las perspectivas porque, si bien se nos pueden escapar algunos detalles, sabemos que Los Piojos lograron componer un producto que no sólo fue superior musicalmente sino que los posicionó entre las bandas más convocantes del rock nacional. Los responsables del éxito y quienes pusieron sus manos a la obra para exprimir a esos pibes prometedores de El Palomar fueron Alfredo Toth, bajista de Los Gatos y G.I.T. y Adrián Bilbao, productor musical de gran reputación. 

De esta manera, se inició una nueva etapa en la metodología de laburo que manejaba el quinteto. Las canciones estaban pero sus productores les exigían un poco más de profesionalismo a la hora de pulir cada una de las piezas que formarían parte de este álbum. Ciro y compañía no atravesaron las puertas del estudio de grabación hasta un mes después de haber ensayado cuatro horas a diario: corrigiendo acá, sacando allá, afinando por este lado y armonizando por el otro. 

La disciplina impuesta por el dúo que encabezó el proyecto dio rápidamente sus frutos. Treinta días después, Los Piojos le daban vida a Ay, ay, ay en las instalaciones de Del Cielito Récords desplegando el virtuosismo de cada uno de los integrantes, liberando a las melodías de su faceta demo tan arraigada con Chactuchac y alcanzando un sonido completamente limpio que convirtió a las nuevas canciones en los hits más solicitados actualmente en la radio. 

Otra de las pretensiones piojosas subsanada fue la de exponer a lo largo de 13 canciones la multiplicidad de sonidos que venían experimentando y que de igual manera se acoplaron al género rockero a la que los músicos respondieron desde el principio. Fueron capaces de pasar de los poderosos Arco, Babilonia, Pistolas y Ximenita a baladas como Ando ganas o la emotiva Muy despacito, pieza de la que hablaremos especialmente más adelante y que guarda un fuerte vínculo con el padre del cantante. Por su parte, el lado ocurrente del disco lo encontramos en Arco II, sin olvidarnos de la graciosa Fumigator.  

La decisión de que Ay, ay, ay le diera nombre a esta placa fue clave porque sin proponérselo, Ciro dio origen a un ritual dentro del Ritual piojoso: el baile con “las manitos”. Esta coreografía espontánea del frontman imitada por su público, se convirtió en una de las postales más atractivas a medida que los shows crecían en convocatoria.

La fecha de lanzamiento del disco rojo fue el 10 de diciembre de 1994. Además de su importancia por ser la obra que le dio reconocimiento a la banda y porque logró la rotación esperada, este álbum guarda otras peculiaridades. En primer lugar, tiene una duración que roza los 57 minutos.  Por otro lado, se despertó el lado actoral de Ciro y sus compañeros porque se animaron a realizar la primera producción audiovisual en la historia de Los Piojos con el video clip oficial de Babilonia. Y, finalmente,  Ay, ay, ay está dedicado en su totalidad al ídolo máximo del fútbol argentino de los años 90, Diego Armando Maradona. Esa muestra de afecto comenzaba con esta segunda placa pero tiempo después descubriríamos que el idilio sería intenso, verdadero y se prolongaría hasta nuestros días. 

El ritual de mutar

La magia de la armónica, los trapos con las distintas ciudades, los cantos, las coreografías improvisadas, las manitos, los recitales en los estadios, todo se fue encadenando al gran ritual del que todavía hablamos. Sin embargo, había otra ceremonia que pasaba desapercibida pero considero que era de las más esperadas entre los seguidores piojosos: la llegada de cada nuevo disco con su respectivo arte de tapa. Desde el piojo abrumado de Chactuchac al piojo refinado y de origen oriental de Civilización (2007), nuestro pequeño protagonista fue mutando de forma, de color, de intención, a la par de los músicos hasta convertirse en un emblema distintivo que se instaló en el imaginario del público. 

¿Qué es un piojo? Un ser insignificante, un sujeto diminuto que pasa inadvertido, alguien del montón, alguien que no es más que un paria para la sociedad. Con esta idea rondando en la cabeza de la banda, se iniciaba una leyenda que tuvo final pero que los escenarios siguen pidiendo su remake. Silvio Squillari, primer diseñador y escenógrafo de la banda, fue el creador de aquel piojo que apareció en los afiches pintados a mano para la presentación en el pub Always de Ciudad Jardín, el primero de todos los piojitos que vendrían después.

Entonces, llegó Chactuchac que estuvo a cargo de la artista plástica Isol. La portada exhibe una estación, un tren en circulación y el cuerpo (de un piojo) solitario, alejado de la muchedumbre, apesadumbrado en un banquito reservado para él, agarrándose la cabeza que hacía las veces de una bomba inminente.  La aceptación de este personaje obligó a pensar en su evolución para el siguiente trabajo. Se avecinaban tiempos de cambios, crecimiento, mayores responsabilidades, desafíos importantes, por eso, Ciro quería transmitir un piojo más agresivo. Sucedió que mientras se grababa Ay, ay, ay regresó el trazo distinguido de Silvio Squillari, quien transformó al piojo apenado en un luchador con una espada, rodeado de monstruos que lo acechan y a los que debe hacerle frente. Este disco fue el primero y el único que presentó al piojo de cuerpo entero. 

“Acompañame un poquito”

Somos las historias que vivimos; somos las historias que nos atraviesan, las que nos golpean y las que nos levantan; somos sujetos suscriptos a las historias que nos interpelan, las historias que nos atropellan y las historias que nos salvan. Tan arraigados estamos a las historias que ni la música con su libertad innata puede escapar a esta lógica. Porque las canciones nos narran las historias que fueron, las que podrían haber sido, las que pueden venir, las que imaginamos, las que soñamos, incluso las historias que se descarrilaron y preferiríamos olvidar. 

Dijimos que Ay, ay, ay había consumado la totalidad de sus propósitos, entre ellos, ofrecer un producto para todos los gustos con una amplia diversidad de melodías para no dejar a nadie afuera. Es cierto, cumplió. De todas maneras, hay otro rasgo innegable: es un álbum que no se abstiene de regalar guiños emotivos que intentan camuflarse tras la percusión y los acordes de las guitarras. Pudimos detectarlo en la crónica desgarradora de Angelito, en los deseos manifiestos de Ando ganas y en la franqueza de Te diría. Y está la catártica Muy despacito en la que se narra un recuerdo particular pero, al mismo tiempo, el ex líder de Los Piojos nos abre las puertas de un momento muy difícil de su vida privada y su entorno familiar que se vincula directamente con el papá. 

Más adelante, conoceremos varias canciones que fueron pensadas y escritas para algún miembro muy querido por el cantante, no obstante, esta balada fue el primer acercamiento a la parte más humana del artista y un intento de escapar un poco del rock enérgico y meramente barrial que venían ejecutando. El relato contado en primera persona por Ciro Martínez es una joya que no tiene desperdicio y que compartiré al finalizar estos párrafos.

Mi tentativa de síntesis puede adelantarte que el papá de Ciro no se encontraba bien de salud. En el año 1993, antes del lanzamiento de la segunda placa discográfica, fue internado en un hospital psiquiátrico. Su profesión, la endocrinología, lo había parado tantas veces frente a la muerte sin oportunidades de revancha, sin poder burlarla, que su frustración lo llevó a padecer depresión y, en su intento de sentirse mejor, se automedicaba y mezclaba todo tipo de pastillas. “No sé qué hacer”, le confesó un día a su hijo este profesional de la medicina que se había cansado de luchar contra la burocracia y, sin embargo, estaba obligado a seguir ejerciendo porque tenía que mantener una familia y pagar las cuentas de la casa. 

Un día, en los tiempos de internación, Ciro lo fue a visitar. Los jardines del sanatorio que oficiaban de antesala, las instalaciones, la gente que conoció y sus distintos trastornos, el pibe de su misma edad que le reveló que escuchaba su música y que le hiciera un favor, uno muy simple: “sólo dame la mano”, que le regalara un rato de su compañía, su propio padre… Tan fuerte fue la intensidad de ese encuentro que una tarde se encontró solo en la cocina de su casa de El Palomar escribiendo la balada que 25 años después nos seguiría emocionando a todos aunque Los Piojos ya no sonaran en vivo, aunque Los Piojos se hubieran extinguido una década atrás dejando canciones míticas para siempre.

Te invitamos a escuchar la historia de Muy despacito narrada por su propio protagonista:

Lista de temas

1. Arco

2. Babilonia

3. Ay, ay, ay

4. Pistolas

5. Angelito

6. Manise

7. Ximenita

8. Anto ganas

9. Fumigator

10. Muy despacito

11. Es sentir

12. Te diría

13 Arco II.

Integrantes

Andrés Ciro Martínez en voz, armónica, guitarra y coros.

Daniel “Piti” Fernández en guitarras y coros.

Gustavo “Tavo” Kupinski en guitarras y coros.

Miguel Ángel “Micky” Rodríguez en bajo y coros.

Daniel “Dani” Buira en batería, percusión y coros.

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El impasse se transformó en un fin. Un fin sucio y trágico que opacó en cierto modo tantos años de amor y alegrías hacia su público. Las declaraciones cruzadas y venenosas entre los músicos después de la separación, han sido un gran puñal para muchos “Piojosos” ya que por escuchar ciertas frases hirientes entre personas que eran como hermanos, decidieron salir a apoyar a uno y denigrar al otro sin siquiera saber la verdad de lo ocurrido, generando una división entre personas que amaban a la misma banda. Lo peor ocurrió el 4 de enero de 2011, cuando en un accidente automovilístico, el guitarrista Gustavo Kupinski fallecería junto a su esposa y una de sus hijas. Desde ese entonces, para muchos, el posible regreso concluyo allí.

De aquella noche en El Monumental, en la que pude estar presente, jamás olvidaré la lluvia y el frío; las previas entre amigos por el barrio de Núñez, las infinitas banderas que llegaban desde todas partes del país y hasta de Uruguay, los tatuajes de los emblemáticos “Piojos” y, en especial, algo que jamas volví a ver hasta hoy: el amor de un público hacia una banda. Quedará grabado para siempre el momento en el que abrieron el “último ritual” con Te Diría; cuando sonó Manise y miles de fanáticos deliraron ya que era un tema que no se escuchaba seguido; el escuchar Todo Pasa, Cruel, Luz De Marfil y la piel de pollo; Pacífico y que se caigan unas cuántas lágrimas; ese bello final con Los Mocosos y Muevelo que me hicieron saltar y delirar bajo una lluvia intensa y helada junto a miles de seguidores más.

PIOJOS 2

Hoy cada uno de Los Piojos tiene su proyecto solista. El cantante Andrés Ciro Martínez se encuentra junto a Los Persas por grabar la segunda parte de Naranja Persa; el guitarrista Daniel “Piti” Fernández sigue firme a La Franela y el bajista Miguel Angel Rodríguez, alias “Micky”, hace unos pocos años comenzó su camino con La Que Faltaba. Al día de hoy, no se pierde la esperanza de volver a verlos juntos arriba de un escenario, a veces las peleas ocurren hasta en las mejores familias y todo se puede solucionar. Será cuestión que Micky pueda juntar en una misma mesa a Ciro y Piti y limar asperezas, es la única esperanza de aquellos que quisieran verlos juntos otra vez.

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