Nadia Benitez

Deberíamos, lo nuevo de Sobra Milonga

El sonido arrabalero, ese que endulza los oídos y del que siempre vamos a querer un poco más, no se regatea en el barrio de Lanús. Hace 15 años que los músicos de Sobra Milonga malcrían a su público con este rock tan nuestro que no deja de mutar para que la heterogeneidad en el estilo sea una característica indiscutible de la banda.

Tras El bar de los errores (2017), su segunda placa discográfica que los mantuvo girando por los distintos puntos del conurbano bonaerense y Capital Federal, este conjunto al que le sobra milonga, rock y cumbia, se puso a trabajar en nuevas canciones que poco a poco están saliendo a la luz y que formarán parte de su tercer álbum. De esta manera, conocimos “Callejón”, el primer corte de difusión con la participación de Cabra de Vega de Las Manos de Filippi en la voz.

El 2020 arrancó sin pausas y con varias fechas cerradas que los mantendrán ocupados todo el verano. Antes de que termine enero, los milongueros nos tenían preparada otra sorpresa. Ayer se dio a conocer “Deberíamos”, el segundo corte de lo que se viene y que tiene como invitado a Sebastian Andersen de El Plan de la Mariposa.

Mientras nos deleitamos con esta fusión de voces, Sobra Milonga agarra ruta y ya se prepara para el itinerario que les tiene preparado febrero. El día 9 llevarán su alegría y arte al pueblo de Tapalqué, el viernes 14 se presentarán en el Festival de la Isoca en Necochea, el 23 cierran los carnavales de La Falda (Córdoba), el 24 en Pérez (Rosario) y el 29 en Carlos Tejedor.

A diferencia de sus comienzos, la banda cuenta ahora con una camioneta que traslada a todo el equipo que forma parte de las giras. Los músicos sueñan con poder llevar sus espectáculos a los lugares más recónditos del país, poder llegar a todo aquel que esté dispuesto a recibirlos y empaparlos de sus acordes jaraneros y una poesía que no entiende de fisuras.

Un verano a puro punk rock: Attaque 77 en el Teatro Flores

Luego de un 2019 intenso que estuvo protagonizado por el lanzamiento de “Triángulo de fuerza (El Álbum)”, su último material de estudio y por una gira que los llevó a recorrer Argentina y otros territorios americanos como Uruguay, Chile, México, Estados Unidos y Colombia, Attaque77 Oficial vivió anoche su primer show del año en el Teatro Flores recorriendo sus más de 32 años de carrera y sus 17 discos publicados.

PH: Nico Avelluto Fotografias.

Lennon: La partida del eterno soñador

Un 8 de diciembre de 1980 se anunciaba una de las noticias más tristes relacionadas al mundo de la música. Debería haber sido un día alegre, ya que el fin de año se acercaba y resurgían los preparativos navideños, sin embargo, el mundo entero lloró su pérdida. No existe despedida que no sea dolorosa y ésta no fue la excepción. Pero afortunadamente, hay ciertas ausencias que no se perciben porque nos queda todo aquello que hicieron las personas en vida para perdurar en el tiempo. Conservamos de John Lennon su arte inigualable, sus mensajes esperanzadores de paz, sus ilusiones platónicas y las melodías más bellas. No quisimos ignorar esta fecha y decidimos recordarlo así: soñador eterno.

Imagina a todo el mundo viviendo la vida en paz…” reza una de las canciones más populares del emblemático Lennon. Sólo una canción, sólo una frase que nos incita a reflexionar y creer que sería todo tan sencillo. Y aun así, los días nos siguen atropellando, la vida pasa rápido y las prioridades siguen encabezadas por el dinero tanto acá como en Liverpool como en la China. 

Un mundo sin armas, sin desigualdades abismales entre clases sociales; un mundo libre de odios y prejuicios por las diferencias culturales y raciales continúa siendo una utopía demasiado lejana. A veces las ironías de la vida nos cachetean tan duro que resulta difícil seguir sorprendiéndonos. Y hoy, me encuentro una vez más, escribiendo sobre una absurda e injusta ironía que le costó la vida al fundador de Los Beatles.

Hablamos del músico, escritor y cantor que comenzó a desplegar sus primeras zapadas en pleno estallido del hipismo y cuando una revolución interna sacudía la mente de los más jóvenes de los ’60. Aquel inglés que pregonó hasta sus últimos días eliminar todas las barreras existentes entre los hombres y pedía desde lo más profundo de su corazón sólo una cosa: darle una oportunidad a la paz.

Hacemos alusión de ese artista que supo ganarse el amor de millones en cada rincón del planeta y el odio de los más poderosos que en reiteradas ocasiones intentaron censurarlo. Recordamos al tipo utópico que no soñaba con las más lujosas mansiones ni la fama perpetua, sólo anhelaba ver a los seres humanos unidos y que el mundo fuera sólo uno. Sí, claro, en el aniversario de su muerte conmemoramos al gran John Lennon.

Crónica de una muerte inesperada

La desaparición física de John Lennon tiene causa con nombre y apellido: Mark David Chapman. El lunes 8 de diciembre de 1980 alrededor de las 22.50, el cuarto Beatle y su pareja, Yoko Ono, volvían al Dakota, departamento donde vivían en Nueva York tras una larga sesión de fotografías para la revista Rolling Stone y varias horas en el estudio Record Plant.

Era costumbre que al regresar a su hogar, la pareja de artistas encontrara un aglomerado de fanáticos aguardando su vuelta para poder saludarlo y conseguir un par de fotos y autógrafos. Esa noche, al bajar de la limusina, John no quiso decepcionar a sus seguidores así que accedió a acercarse al grupo que esperaba allí muy ansioso para realizar el procedimiento habitual. No obstante, algo falló. O no. Simplemente sucedió que el carisma y la gentileza con la que intentaba tratar a su público le jugaron esa vez una mala pasada.

Entre los presentes se hallaba Chapman. Paradójicamente sus intenciones coincidían con las de resto: conseguir la firma de Lennon en la copia de su álbum: Double Fantasy. He aquí otra vez la ironía. Porque a Mark no le alcanzó con un autógrafo. Sin la posibilidad de que el músico pudiera percatarse, Chapman desenvainó un revólver 38 Special de Charter Arms y disparó sin piedad ni remordimientos hacia la espalda del artista. Cinco balas de punta hueca salieron disparadas de aquella arma de las cuales cuatro fueron a parar a su objetivo.

El activista político, defensor de la paz, fue llevado de urgencia al instituto más cercano, el Hospital Roosevelt. Los médicos intentaron todo cuanto estuvo a su alcance, pero cada esfuerzo fue en vano. El daño causado por las balas sobre los vasos sanguíneos alrededor del corazón era demasiado grande. Lennon fue declarado muerto a las 23.15 debido a una hipovolemia causada por la pérdida de más del 80% del volumen sanguíneo.

La triste noticia no tardó en viralizarse en los medios. Insólitamente, los comunicadores no encontraban las palabras para transmitirla: John Lennon se había ido para siempre.

Al día siguiente, su fiel compañera, Yoko Ono emitió una declaración: «No hay ningún funeral para John. John amó y rezó por la raza humana. Por favor, hagan lo mismo por él. Con cariño, Yoko y Sean»

El cuerpo del mítico músico fue incinerado en el Cementerio Ferncliff en Hartsdale, Nueva York. Ono se encargó de esparcir sus cenizas en el Central Park de esta misma ciudad, donde más tarde se creó el monumento conmemorativo Strawberry Fields.

El cruel verdugo se declaró culpable por asesinato en segundo grado y fue condenado a cadena perpetua en prisión. Actualmente, Mark Chapman permanece en la cárcel, después de haberle sido negada en numerosas ocasiones la libertad condicional.

Esta nota cumple la función de efeméride pero también de pequeño homenaje a un músico que, aunque ya no esté entre nosotros, me sigue emocionando. Gracias Corriendo La Voz por darme siempre el espacio para publicar algunas palabras. Como solemos hacer desde este medio, quisiera finalizar con un tema. La siguiente balada es conocida por demás. Sólo que en esta ocasión me dejé llevar por mi atrevida subjetividad porque quien escribe, la considera una de las canciones más bellas del mundo. 

Ay ay ay: un disco rojo y de reconocimiento

Afuera, una claridad de “infinita paciencia”, los rayos tenues de un sol que empezaba a retirarse bañaban los tejados del barrio que los vio nacer. Todavía, los vecinos compartían algún que otro mate lavado en la vereda; los pibes se entretenían jugando a las escondidas; las bicicletas eran el medio de transporte preferido para ir al almacén. Adentro, una cocina en penumbras; un silencio de “calma feroz”; una hoja desgarrada por la brutalidad del lápiz que imploraba sanar, que necesitaba dibujar escenas insoportables en una canción, que buscaba un abrazo esperanzador en la comunidad de entonar entre muchos ese estribillo.  

Afuera, la tarde caía lenta sobre El Palomar, la vida transcurría sin grandes sobresaltos, salvo por alguna que otra carcajada infantil que cortaba gentilmente el transcurrir del crepúsculo. Adentro, las palabras se amontonaban en ese nudo en la garganta, en la cabeza ansiosa por expulsarlas, en la mano que dolía mientras ejecutaba el trazo de cada una de sus letras, en las lágrimas que no querían caer de un Andrés Ciro veinteañero que empezaba a esbozar una de las baladas más sentidas de ese rock que nacía en los noventa y que hoy pedimos a gritos en los estadios para poder volar “Muy despacito” sobre el abismo junto a él. 

Un cuarto de siglo después, con el diario del lunes, los piojosos empedernidos jamás nos hubiéramos imaginado que Ay, ay, ay, el segundo álbum de estudio de Los Piojos y, que nosotros mismos nos encargamos de legitimar como el “disco rojo”, supuso uno de los desafíos más difíciles para esta banda oriunda de la zona oeste del conurbano bonaerense. 

Luego de la propuesta de Chactuchac (1992), la carta de presentación de la banda liderada por Andrés Ciro Martínez, el siguiente trabajo requería de un mayor compromiso, puesto que el disco debut no tuvo el reconocimiento que los músicos esperaban. Aún muy jóvenes, pero con las ideas bastante claras, seguían en la búsqueda del impacto musical y así explotar esa paleta recargada de diversos sonidos, todos autóctonos del Río de La Plata y con los que, poco a poco, fueron formando una identidad propia.

Esta historia está spoileada desde todas las perspectivas porque, si bien se nos pueden escapar algunos detalles, sabemos que Los Piojos lograron componer un producto que no sólo fue superior musicalmente sino que los posicionó entre las bandas más convocantes del rock nacional. Los responsables del éxito y quienes pusieron sus manos a la obra para exprimir a esos pibes prometedores de El Palomar fueron Alfredo Toth, bajista de Los Gatos y G.I.T. y Adrián Bilbao, productor musical de gran reputación. 

De esta manera, se inició una nueva etapa en la metodología de laburo que manejaba el quinteto. Las canciones estaban pero sus productores les exigían un poco más de profesionalismo a la hora de pulir cada una de las piezas que formarían parte de este álbum. Ciro y compañía no atravesaron las puertas del estudio de grabación hasta un mes después de haber ensayado cuatro horas a diario: corrigiendo acá, sacando allá, afinando por este lado y armonizando por el otro. 

La disciplina impuesta por el dúo que encabezó el proyecto dio rápidamente sus frutos. Treinta días después, Los Piojos le daban vida a Ay, ay, ay en las instalaciones de Del Cielito Récords desplegando el virtuosismo de cada uno de los integrantes, liberando a las melodías de su faceta demo tan arraigada con Chactuchac y alcanzando un sonido completamente limpio que convirtió a las nuevas canciones en los hits más solicitados actualmente en la radio. 

Otra de las pretensiones piojosas subsanada fue la de exponer a lo largo de 13 canciones la multiplicidad de sonidos que venían experimentando y que de igual manera se acoplaron al género rockero a la que los músicos respondieron desde el principio. Fueron capaces de pasar de los poderosos Arco, Babilonia, Pistolas y Ximenita a baladas como Ando ganas o la emotiva Muy despacito, pieza de la que hablaremos especialmente más adelante y que guarda un fuerte vínculo con el padre del cantante. Por su parte, el lado ocurrente del disco lo encontramos en Arco II, sin olvidarnos de la graciosa Fumigator.  

La decisión de que Ay, ay, ay le diera nombre a esta placa fue clave porque sin proponérselo, Ciro dio origen a un ritual dentro del Ritual piojoso: el baile con “las manitos”. Esta coreografía espontánea del frontman imitada por su público, se convirtió en una de las postales más atractivas a medida que los shows crecían en convocatoria.

La fecha de lanzamiento del disco rojo fue el 10 de diciembre de 1994. Además de su importancia por ser la obra que le dio reconocimiento a la banda y porque logró la rotación esperada, este álbum guarda otras peculiaridades. En primer lugar, tiene una duración que roza los 57 minutos.  Por otro lado, se despertó el lado actoral de Ciro y sus compañeros porque se animaron a realizar la primera producción audiovisual en la historia de Los Piojos con el video clip oficial de Babilonia. Y, finalmente,  Ay, ay, ay está dedicado en su totalidad al ídolo máximo del fútbol argentino de los años 90, Diego Armando Maradona. Esa muestra de afecto comenzaba con esta segunda placa pero tiempo después descubriríamos que el idilio sería intenso, verdadero y se prolongaría hasta nuestros días. 

El ritual de mutar

La magia de la armónica, los trapos con las distintas ciudades, los cantos, las coreografías improvisadas, las manitos, los recitales en los estadios, todo se fue encadenando al gran ritual del que todavía hablamos. Sin embargo, había otra ceremonia que pasaba desapercibida pero considero que era de las más esperadas entre los seguidores piojosos: la llegada de cada nuevo disco con su respectivo arte de tapa. Desde el piojo abrumado de Chactuchac al piojo refinado y de origen oriental de Civilización (2007), nuestro pequeño protagonista fue mutando de forma, de color, de intención, a la par de los músicos hasta convertirse en un emblema distintivo que se instaló en el imaginario del público. 

¿Qué es un piojo? Un ser insignificante, un sujeto diminuto que pasa inadvertido, alguien del montón, alguien que no es más que un paria para la sociedad. Con esta idea rondando en la cabeza de la banda, se iniciaba una leyenda que tuvo final pero que los escenarios siguen pidiendo su remake. Silvio Squillari, primer diseñador y escenógrafo de la banda, fue el creador de aquel piojo que apareció en los afiches pintados a mano para la presentación en el pub Always de Ciudad Jardín, el primero de todos los piojitos que vendrían después.

Entonces, llegó Chactuchac que estuvo a cargo de la artista plástica Isol. La portada exhibe una estación, un tren en circulación y el cuerpo (de un piojo) solitario, alejado de la muchedumbre, apesadumbrado en un banquito reservado para él, agarrándose la cabeza que hacía las veces de una bomba inminente.  La aceptación de este personaje obligó a pensar en su evolución para el siguiente trabajo. Se avecinaban tiempos de cambios, crecimiento, mayores responsabilidades, desafíos importantes, por eso, Ciro quería transmitir un piojo más agresivo. Sucedió que mientras se grababa Ay, ay, ay regresó el trazo distinguido de Silvio Squillari, quien transformó al piojo apenado en un luchador con una espada, rodeado de monstruos que lo acechan y a los que debe hacerle frente. Este disco fue el primero y el único que presentó al piojo de cuerpo entero. 

“Acompañame un poquito”

Somos las historias que vivimos; somos las historias que nos atraviesan, las que nos golpean y las que nos levantan; somos sujetos suscriptos a las historias que nos interpelan, las historias que nos atropellan y las historias que nos salvan. Tan arraigados estamos a las historias que ni la música con su libertad innata puede escapar a esta lógica. Porque las canciones nos narran las historias que fueron, las que podrían haber sido, las que pueden venir, las que imaginamos, las que soñamos, incluso las historias que se descarrilaron y preferiríamos olvidar. 

Dijimos que Ay, ay, ay había consumado la totalidad de sus propósitos, entre ellos, ofrecer un producto para todos los gustos con una amplia diversidad de melodías para no dejar a nadie afuera. Es cierto, cumplió. De todas maneras, hay otro rasgo innegable: es un álbum que no se abstiene de regalar guiños emotivos que intentan camuflarse tras la percusión y los acordes de las guitarras. Pudimos detectarlo en la crónica desgarradora de Angelito, en los deseos manifiestos de Ando ganas y en la franqueza de Te diría. Y está la catártica Muy despacito en la que se narra un recuerdo particular pero, al mismo tiempo, el ex líder de Los Piojos nos abre las puertas de un momento muy difícil de su vida privada y su entorno familiar que se vincula directamente con el papá. 

Más adelante, conoceremos varias canciones que fueron pensadas y escritas para algún miembro muy querido por el cantante, no obstante, esta balada fue el primer acercamiento a la parte más humana del artista y un intento de escapar un poco del rock enérgico y meramente barrial que venían ejecutando. El relato contado en primera persona por Ciro Martínez es una joya que no tiene desperdicio y que compartiré al finalizar estos párrafos.

Mi tentativa de síntesis puede adelantarte que el papá de Ciro no se encontraba bien de salud. En el año 1993, antes del lanzamiento de la segunda placa discográfica, fue internado en un hospital psiquiátrico. Su profesión, la endocrinología, lo había parado tantas veces frente a la muerte sin oportunidades de revancha, sin poder burlarla, que su frustración lo llevó a padecer depresión y, en su intento de sentirse mejor, se automedicaba y mezclaba todo tipo de pastillas. “No sé qué hacer”, le confesó un día a su hijo este profesional de la medicina que se había cansado de luchar contra la burocracia y, sin embargo, estaba obligado a seguir ejerciendo porque tenía que mantener una familia y pagar las cuentas de la casa. 

Un día, en los tiempos de internación, Ciro lo fue a visitar. Los jardines del sanatorio que oficiaban de antesala, las instalaciones, la gente que conoció y sus distintos trastornos, el pibe de su misma edad que le reveló que escuchaba su música y que le hiciera un favor, uno muy simple: “sólo dame la mano”, que le regalara un rato de su compañía, su propio padre… Tan fuerte fue la intensidad de ese encuentro que una tarde se encontró solo en la cocina de su casa de El Palomar escribiendo la balada que 25 años después nos seguiría emocionando a todos aunque Los Piojos ya no sonaran en vivo, aunque Los Piojos se hubieran extinguido una década atrás dejando canciones míticas para siempre.

Te invitamos a escuchar la historia de Muy despacito narrada por su propio protagonista:

Lista de temas

1. Arco

2. Babilonia

3. Ay, ay, ay

4. Pistolas

5. Angelito

6. Manise

7. Ximenita

8. Anto ganas

9. Fumigator

10. Muy despacito

11. Es sentir

12. Te diría

13 Arco II.

Integrantes

Andrés Ciro Martínez en voz, armónica, guitarra y coros.

Daniel “Piti” Fernández en guitarras y coros.

Gustavo “Tavo” Kupinski en guitarras y coros.

Miguel Ángel “Micky” Rodríguez en bajo y coros.

Daniel “Dani” Buira en batería, percusión y coros.

¿Qué apuro hay? El tango siempre te espera

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