Iván Isolani

Alma de Diamante

En una tierra áspera, dolorosa, que ha generado tantos males e irracionalidad, han surgido seres como Luis Alberto Spinetta, que rescatan y revalorizan el valor del arte como un bien supremo, recorriendo y explorando otros caminos aleatorios. Su música, sus actitudes y palabras siempre lograron dibujar sendas e influyeron de una manera sutil, pero definitiva en mentes siempre oprimidas. Todos fuimos bendecidos por Spinetta pero, pocos vislumbraron que su búsqueda, autónoma e inagotable, excedió siempre los márgenes de lo musical, dándole significados nuevos. Read More

Mi único héroe en ese lío

Hoy cumple años el Indio Solari. El de las risas pillas. El ladrón de mi cerebro. Mi único héroe en este lío. El que luce como un botija rapado. El que abrió el show de Tandil en marzo de 2016 con “Nuestro amo juega al esclavo” recordándonos que aquellos nenes de oro que lograron ganar la batalla cultural imponiendo en el sentido común una cosmovisión que no es la del brepo de a pie (al que precarizan y usan como tropa de la guita y chimpancé), retiran mientras van ganando. Porque esa es su dulce macumba. Mientras tanto, nos siguen enturbiando los sentidos con esa vieja cultura frita. Mediante buitres con carnadas finas, diciéndonos qué y cómo pensar a través de narcóticos maquillados. Sabrosas telefotos, noticias de ayer que tragamos sin culpa con tu tortura de TV, siempre así. Violencia es mentir. Sino, siempre habrá muchos marines de los mandarines, robocoops sin ley y formidables guerreros en jeeps para algún teatro antidisturbio.

Y vos, ¿de qué lado de la mecha te encontrás?

El que Mr. Parkinson le intenta flaquear sus sienes ardientes, tan productivas a la hora de no agotar el sentido de discursos que, si nos ponemos en semióticos de corte académico, viven a través de metáforas pillas toda una gama inagotable de las condiciones de producción que lo fueron moldeando y también discursos a los que les contesta.
Felices 70 años, querido verborrágico monarca.

David Bowie: Starman

Los primeros días de enero están atravesados por un denominador común y tres episodios
que flotan satelitalmente a su alrededor: David Bowie. El 8 de enero de 1947 nacía. Ese mismo día, pero del 2016, lanzaba su disco número 25: Blackstar, una suerte de obra póstuma. Y dos días después -el 10 de enero- fallecía a causa de un cáncer de hígado.

David Jones –así se llamaba realmente- fue un artista decididamente único. Para conocer
los porqués de rotunda afirmación, es imprescindible hacer un recorrido por las condiciones
de producción que lo fueron nutriendo a lo largo de una vida que, como no podía ser de otra manera, se cerró como una obra de arte.

Como nos enseñó Hollywood, hagamos el ejercicio cronológico de contar una historia
comenzando por una pregunta llave: ¿Cómo fue su infancia? Hijo de una camarera,
Margaret Mary Burns (Peggy) y de un trabajador de una ONG caritativa dedicada a los
niños, Haywood Stenton Jones (John) que concurría al restaurant de Peggy y concibieron a
Bowie cuando ambos estaban casados con otras personas. David Robert Jones nació en el
extremo sur de una Londres –se crió primero en Brixton y luego en Bromley – marcada por las secuelas de los Blitz nazis de la Segunda Guerra Mundial pero también por el Rock & Roll de Elvis Presley o John Coltrane que mamó de su padre y el jazz, la música clásica de Gustav Holst, la Generación Beat de Ciencia Ficción (William Burroughs, Jack Kerouac y
Allen Grinsberg) de su medio hermano 10 años mayor por parte materna, Terry. En 1985,
Terry Burns salió del hospital psiquiátrico Cane Hill en el que se encontraba producto de
una esquizofrenia con la única opción de suicidarse: se acostó en las vías del tren que recorría el sur londinense y se dejó morir. Cane Hill forma parte de la tapa del disco ‘The man who sold the world’ (1970) y de hecho, gran parte de ‘Aladdin Sane’ (1973) está
inspirado en esa enfermedad tan temida por David por los antecedentes familiares.

A los 9 años integraba el coro escolar de la Burnt Ash Junior School, rodeado de los discos
paternos de Frankie Lymon and The Teenagers o el ‘Tutti Frutti’ del Dios Little Richard.
Asistió al Bromley Technical High School junto a Peter Frampton cuando estallaba el Beat
Music, comandado por unos The Beatles ya vueltos de Hamburgo. En  1962, un golpe en
su ojo izquierdo le dejó una asimetría en sus pupilas que luego sería un sello característico.

Fundó y participó en agrupaciones como The Konrads (1964), The Kingbees (1964) y Mannish Boys (1965), y un año más tarde pasó de ser David Jones a ser David Bowie para no ser confundido con el cantante de The Monkees. Hasta acá vemos los
cimientos del Bowie artista. Influenciado en su infancia por el gran renovador del teatro
inglés Lindsay Kemp, alguien que lo adentró en el teatro Kabuki japonés y especialmente
en el Onnagata, donde los actores se maquillan y pueden encarnar personajes femeninos.
Lanzó, de modo marketinero, su primer hit ‘Space Oddity’ a la par de la llegada del hombre
a la Luna en 1969, un cóctel con reminiscencias de aquellos libros beats de ciencia ficción
que su medio hermano le había hecho leer de chico, mezclado con el programa ‘The Quartermass Experiment’ que veía en la BBC y la película estrenada en 1968 “2001, Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick (luego retomaría al director en los atuendos que The Spiders from Mars lucirían, estilo los Drugos que segundeaban a Alex DeLarge).

Para esta época, el Bowie salido de un laboratorio de arte comenzó a edificar lo que sería
una marca en él: los alter ego. Un mundo bipolar de la Guerra Fría, con The Beatles separados, Dylan alojado en las huestes del folk, y The Rolling Stones en estado de shock tras el fatídico Altamont Free Concert de 1969. En este panorama, la contracultura de los ‘60 parecía desaparecer y emerger, en los ’70, el punk. Y ahí aparece Bowie. Un Bowie que había lanzado en 1970 ‘The man who sold the world’ y que en 1971 había sido padre de Duncan Jones. Y que, tras embeberse artísticamente en New York de Iggy Pop y Lou Reed (años más tarde le produciría discos a ambos) y de dotarse de la estética contracultural de Andy Warhol y Kansai Yamamoto, presentó en 1972 a Ziggy Stardust en el programa Top of the Pops. Probablemente, de sus alters, el más célebre. Inspirado en un músico de poca monta -Vince Taylor-, el personaje era un alienígena andrógino cargado de maquillaje que anunciaba el colapso planetario y promulgaba un mensaje de unidad pansexual y el paso natural del Mod Británico al Glam Rock. Héroe de minorías sin voz en una sociedad conservadora como la inglesa, Bowie se declaró gay en una entrevista en 1972, 5 años después de que la homosexualidad había dejado de ser un crimen en el Reino Unido; en 1976 amplió el gusto a la bisexualidad y en 1983 se definió como ‘un heterosexual en el armario’.

A mitad del ‘73, el personaje se había deglutido literalmente a Bowie que, por su bien, le
puso punto final, pero sería el primero de una larga lista de personajes a los que recurrió, lo que le valió el apodo del camaleón del rock. Para esa época ya el consumo de drogas en él era habitual. Se lanzó a la conquista del mercado americano con un toque soul y funky de ‘Young Americans’ en 1975 instalándose en Los Ángeles.  Duró poco porque en LA se
volvió más adicto a la cocaína y era asediado por su fama. Pero, si de algo le sirvió su
estadía ahí es para comprender que debía experimentar y encontrar nuevas formas de
escribir.

Es por eso que en 1976 buscó refugio en Berlin, acompañado de la Iggy Pop. Estuvo
viviendo en Kreuzberg, un barrio de inmigrantes turcos, sin ser reconocido en las calles y
disfrutando de ese no ser nadie. ‘El Duque Blanco’, un personaje de aspecto frío y distante,
con el pelo corto, viajó a la capital alemana como una estrella de rock, y volvió convertido
en un artista consumado, y fraguó de la mano del productor Brian Eno lo que se conoce
como la Trilogía Berlinesa: ‘Low’ (1977), ‘Heroes’ (1977) y ‘Lodger’ (1979). Discos marcadamente atravesados por el Krautrock alemán y por la experimentación, a través del uso de sintetizadores y de la manipulación de la voz mucho tiempo antes que se imponga en la industria y el padre biológico de la novedad y vanguardia de la New Wave venidera.

Supo lo que era moderno antes de descubrirse la modernidad. Fue el héroe de las mil caras
pero con una sonrisa única. Porque la sonrisa no cambiaba aunque se transformara con el
maquillaje, ni había metamorfosis para unas pupilas asimétricas que parecían confirmar que Bowie era un ser de algún incierto más allá. Pasó toda la década del ’80 obsesionado por seguir siendo moderno hasta que, en algún momento, empezó a preguntarse en voz baja pero cada vez con más energía si no iba siendo hora de ir buscando amparo en lo “clásico”.

Se casó con Iman, su amor a primera vista, y David Bowie fue pereciendo más del personaje y volviendo a ser David Jones. Había desaparecido de la luz pública, pero había decidido vivir. Frecuentaba librerías y galerías de arte. Era un hombre de familia. Y ese sedentarismo se fue imponiendo al apetito musical, junto con un problema cardíaco en 2004 que sirvió como una suerte de jubilación musical. De hecho, no volvió a presentarse en vivo tras 2006. En el medio, rechazó primero en el 2000 el ser Comandante del Imperio Británico y luego, en 2003, el ser nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico (Jagger y McCartney no lo rechazaron) porque ¿para qué ser Caballero si ya sos uno de los reyes de la música?.

La madurez te ofrece cada vez menos preguntas pero más importantes y mejor formuladas. “The next day” (2013), fue una sorpresa. Y el reciente “Blackstar” nos hizo preguntarnos de nuevo sobre su apetito artístico. Claro, ignorábamos que se trataba del epitafio de un artista escribiendo una despedida cuidadosamente orquestada.

#Cronica El Infierno de Dante

En uno de sus innumerables escritos de corte teológico, Jorge Luis Borges cuenta la doctrina de un obispo luterano sueco del 1700, donde sostiene que aquelles que vuelven del infierno al cielo, y aspiran su fragancia y oyen sus conversaciones, todo les parece fétido y tremendamente oscuro. Entonces, la solución que encuentra es volver al infierno porque sólo ahí es feliz. Dante Spinetta necesitó conocer en carne propia de qué va eso de la oscuridad mundana, experimentarla en primera persona para exorcizarla a pura prosa en su último disco, ‘Puñal’, lo que le valió una nominación a Mejor Disco Alternativo para los Grammy’s. Read More

#Cronica LA DELIO VALDEZ: YO ME LLAMO CUMBIA

El sonido de La Delio hermanó los cuerpos en el Teatro Vorterix. Los despojó de cualquier diferencia social o material para fundirlos en un constante movimiento y meterlos de lleno en una de esas noches de cumbiamba. Desde que el acorde inicial de Negra, Ron y Velas, los distintos engranajes de la rueda del cumbión sonaron a la perfección para mostrarle a la gente cómo aplacar sus placeres: bailando cumbia se amanece.

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