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Entrevistas

Dúo Marchetti-Varela: «Hay una redefinición de la manera de producir que define estéticamente la escena»

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El dúo recibió a Corriendo La Voz en la intimidad del hogar de Rafael Varela, centro de operaciones musicales y creativas. Contra los molinos de viento del coordinar horarios y con dosis justas de humor, estos Tangócratas ejecutan su propia versión del Tango Siglo XXI. En esta entrevista, discurren sobre la escena actual del tango, los cruces con el rock, la camaradería y lo que vendrá. 

“Dame un segundo que busco el mate”. Esas son las palabras de bienvenida de Rafael Varela, mientras esperábamos la llegada de su compañero y amigo Pablo Marchetti. El pequeño ambiente que oficia de sala de estar, comedor y sala de ensayo respira música en cada rincón: un espejo con la impresión de las típicas siluetas de los Beatles haciendo monerías para la tapa de Help!, frente a un afiche publicitario de la presentación del disco Bicicleta, de Serú Giran, en los memorables Obras de 1980. A un lado, un diploma de agradecimiento por haber participado del 1er Festival Independiente de Tango de Urchasdonía (entente ad-hoc de los barrios Villa Urquiza, Parque Chas, Villa Pueyrredón y Agronomía) “y así haber apoyado al Tango y a la Cultura Barrial”.

“Los ensayos suelen ser acá, en mi departamento”, cuenta Varela, mientras la llegada de Marchetti con brebajes enlatados suspende las intenciones materas de la tarde noche. La historia del dúo que conforman se funde con sus vidas personales: una separación, un hijo en camino, mudanzas varias hasta llegar a este noveno piso y esa ventana que invita a un inhabitual panorama urbano con foco en el barrio de Colegiales. El elemento aglutinante de la mezcla inicial fue el compositor y letrista Acho Estol, fundador de La Chicana y parte del impulso refundacional del tango que se anticipó a la llegada del nuevo siglo. Varela tocaba en Las Moscas de Bar, agrupación que lideraba Estol, y que supo contar con Marchetti como cantor invitado. Sino el amor, al menos ahí nació la afinidad musical: “ahí nos conocimos, tocando, compartiendo escenario”.

Pablo Marchetti: Nos pusimos a tocar en plan relajado, portátil, y nos hicimos muy amigos. Estaban los temas armados y llamamos invitados con la premisa de que vinieran a divertirse un rato y a pasarla bien haciendo música con nosotros. Cuando hay piano está Agustín Guerrero, que se sumó también por una cuestión de amistad y de afinidad, obviamente, estética, artística. Pero la amistad es algo muy importante en esto. Y fue conocernos también. Porque tiene una cosa muy abierta el dúo en ese sentido. La idea fue hacer algo explícitamente de tango: en lo personal incluso había renegado con eso de que esté la palabra tanto en algo que hiciera, por más que fuera tango. Me gustó la idea de hacerlo explícito. Y por otro lado de cantar temas de otros autores, algunos contemporáneos, de gente amiga como Acho Estol, cercana como el Tape Rubín, pero también tangos clásicos.

Dúo Varela – Marchetti en acción.

– Esta mezcla que mencionás de clásicos y contemporáneos que puede verse en su disco Tangócratas sumado a temas de su autoria, ¿es una manera de interpelar a diferentes públicos o tiene que ver con tocar lo que les gusta?

Rafael Varela: Yo creo que hacemos lo que nos gusta. Todo tiene una impronta tanguera: hacemos de un tema de 2 Minutos hasta Manoblanca, que es un tango más tradicional, pasando por muchos temas, algunos en los que Pablo es autor, compuestos con otros músicos amigos que también han grabado en el disco. Todo lo que nos gusta y nos entusiasma lo encaramos. Lo que más me gusta a mí del proyecto, y creo que es un poco la energía, es que es absolutamente abierto. Hay un montón de posibilidades y todas son consideradas, no hay ningún prejuicio de nada.

PM: También hay mucho de cuelgue, de clima de recalada, de ponernos a jugar. El otro día, por ejemplo, surgió una cosa que quedo buenísima, no sé por qué salió el tema El Hombre de la Calle de Jaime Roos, y nos pusimos a cantar y Rafa se puso a tocar Escalera al Cielo como intro, y ¡era perfecto!

RV: Además creo que los dos somos personas, con nuestros gustos e intereses, muy eclécticas. Nos gusta el rock, nos gusta el tango, nos gustan cosas de todos los estilos. Entonces creo que usamos eso también en el proyecto.

– ¿Por qué decidir hoy en día anclarse en el tango como medio de expresión?

PM: A mí me encanta el tango como lenguaje, como género, y me encanta como expresión contemporánea. Me parece que hay una escena del tango riquísima, de la que somos parte, que tiene mucho del rock en sus comienzos. Del rock de la cueva. Yo creo que hay una escena mucho más grande de cuando empezó esto, a mediados o fines de los noventa. Por ahí sigue estando en una cueva, como el rock en aquellos años, pero con un espíritu muy de trinchera, y al mismo tiempo de camaradería. Nosotros tocamos desde lugares solidarios en lo político social, como cuando fuimos a tocar a la planta de AGR, que se hizo una movida de tango y fuimos a tocar ahí; el FACAFF, el Festival de Tango de La Boca, el de Valentín Alsina, que organizan músicos de manera independiente y me parece que es parte de la impronta. Hay una redefinición de la manera de producir que define estéticamente también una escena. El hecho de que exista el CAFF, el Galpón B de la Orquesta Ciudad Baigón, los lugares donde tocamos y estamos como en casa. Además de una poética muy poderosa, que me identifica, nos identifica muchísimo.

– Hace poco Elbi Olalla de Altertango nos comentaba que existía una especie de marginación del tango como género. ¿Esta nueva escena del tango puede trascender a los clásicos oyentes y llegar a los jóvenes, hoy en día tal vez más agrupados en otras escenas?

RV: Hay una cuestión con los movimientos artísticos me parece que va más allá del género, sino de lo que significa como espacio para la juventud. Siempre hay espacios que comulgan movimientos de gente joven que está con ganas de hacer cosas, con energía, con creatividad. En todas las sociedades, en todos los ambientes, sobre todo después del siglo XX. En Inglaterra fue el rockabilly o el skiffle, acá era el tango a principios de siglo, en Brasil era el shoro, antes de que llegue la bossa nova. Yo creo que el tango dejó de contener eso en la segunda mitad del siglo XX acá, y lo ocupó el rock, con lo que decía Pablo, con la cueva y todo eso. El rock se encargó de contener todo esa vorágine de la juventud. El tango dejó de ser eso pero posteriormente el rock también dejó de ser eso. Creo que el rock a finales del siglo XX se puso absolutamente comercial.

 

Fuente: www.pablomarchetti.com

Las doce canciones que componen Tangócratas (2017), su único disco hasta el momento, son el manifiesto de cómo el dúo interpreta esta redefinición del género que solemos nombrar Tango Siglo XXI. La guitarra de Rafael y la voz de Pablo, acompañados por músicos como Diego Schissi, Ignacio Varchausky (Orquesta El Arranque), el mencionado Acho Estol o la mismísima Adriana Varela, entre otros, dan testimonio de eso. “Volvemos al tango desde un lugar diferente”, dicen, como quien vuelve al pago chico después de una larga gira. No hay extravagancias electrónicas: es en lo analógico donde se abre otro panorama, desde la forma de interpretar, los tópicos de sus canciones o las licencias que se permite. Es que hay otra manera de vivir y concebir (en el sentido de entender y en el de dar vida) eso que llamamos tango.

RV: Hay mucha gente que todavía tiene una visión del tango como si fuera música clásica, una visión más enciclopédica, de estudiar, más solemne, y por lo tanto más sectaria. Después está otra parte de la escena que es gente que está buscando un espacio que el tango lo brinda, en el cual nos sentimos absolutamente parte, y por más que yo escuché a Los Beatles o que Pablo escuchó a Queen, igual los dos decimos chabón que es una palabra tanguera y vivimos en Buenos Aires, y el olor que vivimos es de una ciudad que lleva el tango en la sangre. Y nos incorporamos a eso, nos metemos en el tango desde todo lo que tenemos de antes. Yo creo que todavía la escena se está construyendo, y tengo debates con amigos músicos al respecto, larguísimos, sobre este tema. El otro día hablaba con una cellista amiga y me decía “viste que hay gente que se mete en el tango y no tiene ni idea de lo que es el tango”, y yo le digo “¡pero eso tiene que pasar!”, porque si no se muere el género. Si el género le queda a los que están estudiando seis horas por día, se muere. No hay tanta gente que pueda estudiar seis horas por día música. Lo que creo es que está bueno que el abanico sea lo más amplio posible, que esté un tango enciclopédico, estudioso, que vayan a ver la gente más refinada, por decirlo de una manera; y que haya un tango con más desparpajo, y que a esa otra gente le parezca una vergüenza también me parece que está bien, y todos los grises en el medio, también.

PM: La idea es tampoco decir “esto es un tango nuevo y el tango de antes es una mierda”. Obviamente que no. Hay un montón de gente que está tendiendo puentes y que tiene un dialogo con artistas, con los veteranos del tango, que vienen de otra época y que también entienden que pasa otra cosa. Pienso en la figura de Adriana [Varela]. Es una artista clave en ese sentido, me parece que es La artista que entendió antes que nadie eso, la que primera que tendió un puente entre Goyeneche y cantar ahora, en un disco maravilloso que produjo Rafa, Avellaneda Blues. Y ahí entendés todo lo tanguero que hay en ese tema de Manal. Pero pienso en Cucuza Castiello, o la Fernández Fierro. Nosotros vivimos una experiencia increíble, entre otros músicos, con Ignacio Varchausky, que es contrabajista del Orquesta El Arranque, que creo que es de una de las agrupaciones que fueron pilares de esta escena, de los jóvenes que arrancaron en los 90. Sin embargo siempre fue una orquesta digamos, dentro de esa escena, más clásica. Sin embargo, Ignacio viene a tocar, grabó Ya no sos igual y no sólo la grabó… A nosotros nos pasó una cosa increíble, porque grabamos en los estudios El Parral donde graban los 2 Minutos, y Ariel Feder, que es el dueño del estudio y el que grabó nuestro disco, nos dijo “yo soy amigo de los 2 Minutos, graban acá, se los voy a mostrar”. Nos llamaron fascinados con la versión del tema y nos invitaron a abrir un show en el Luna Park, cuando celebraron los 29 años. Cinco mil punks, un descontrol en el Luna Park lleno. Fue un momento al principio tenso, porque imaginate, la monada quería ver a la banda y venimos nosotros a hacer tango. Pero Ignacio, que es un tipo que está grabando ahora un disco con la Orquesta El Arranque con Victor Lavallén, arreglador de Pugliese, viene con nosotros a tocar Ya no sos igual: estaba alucinado. Pasan esas cosas, hay esa convivencia con los mundos y a mí me parece maravilloso.

RV: Además hay un montón de links entre las estéticas. Si vos lees la letra de Ya no sos igual, estamos hablando de un tango. No de un tango desde el punto de vista de la forma poética, o con la rima. Una historia del barrio de Lanús, de un tipo que se vende… no puede ser más tanguero.

Fuente: www.pablomarchetti.com

El dúo juntó dos pesos pesados. “Creo que lo más interesante de todo lo que nos une es que nos llevamos exactamente 12 años y por lo tanto somos del mismo signo el horóscopo chino”, bromea Rafael. Los nombres no pasan desapercibidos fácilmente. Pablo Marchetti construyó ese revival de la sátira política-comunicacional que es la Revista Barcelona, que dejó en 2011 (“se volvió predecible y me aburrió”). También se desempeña como periodista en gráfica y radio y solemos verlo por la TV. Editó un diccionario de insultos (Puto el que lee, reeditado por Planeta el año pasado) y lleva años recorriendo escenarios como cantor en diferentes proyectos personales, y como invitado. Sin embargo, asegura: si tengo que encontrar un lugar, una cosa primaria, la esencia de todo lo que hago, tiene que ver con la escritura, tiene que ver con la poesía”.

– ¿Cómo dialogan todos esas otras facetas y esos ámbitos en los que te desempeñas al momento de encarar este dúo?

PM: Yo nunca tuve vocación periodística, en sí. El periodismo fue una forma de ganarme la vida escribiendo, simplemente. Yo escribía poesía y quería escribir poesía, y seguí escribiendo poesía. Pero quería también al mismo tiempo ganarme la vida en algo que fuera lo más parecido a no laburar (risas). Siempre me gustó la música, canté en grupos de rock en la secundaria, tuve esa cuestión de cantar, pero siempre sentí que era también una dimensión fundamental de la poesía. La canción para mí es una forma poética poderosísima. De hecho, si el tango no cayó en el parricidio de la adolescencia, si yo iba con total naturalidad a ver Salgan – De Lío y la noche me iba a ver a Los Brujos a Cemento, era porque el tango formaba parte de eso. Para mí estaban en un mismo nivel Homero Manzi que Raúl González Tuñón, o Cadícamo y Juan Gelman. Siempre convivieron esos mundos, creo que por ahí pasa el asunto. Y sí siempre tuve la profunda convicción de que en lo que hago hay un profundo cruce entre lo artístico y lo comunicacional, entonces si cantás hay una cosa comunicacional también muy fuerte

Rafael Varela, por su parte, dió vida a los proyectos Cielonaranja (música electrónica con elementos del tango, ya que descree que exista tal cosa como el tango electrónico) y Ekeko, más cercano a la canción de rock. El año pasado ofició de productor artístico del disco Avellaneda, de Adriana Varela, su madre, en una suerte de retornos a los orígenes rockeros de La Gata. Orígenes y actualidad que pone en palabras: “la herencia también es rockera”. De la misma manera se ocupó de la producción artística en Tangócratas, y tiene en carpeta Horizonte de sucesos, su primer trabajo solista.

– En tu caso tu llegada a la música puede parecernos hasta esperable. Sin embargo no siempre fuiste habitué del género, sino que te desempeñaste antes como músico de rock y tu propia casa habla de rock. ¿Cómo juega esa identidad rockera en el momento de componer e interpretar tangos?

RF: Yo creo que musicalmente influye en el toque que tengo. Cuando toco tango, el toque es un poco rockero. Y desde el punto de vista general, creo que lo que más rockero tengo yo, o en lo que más influye es en la actitud que yo tengo. El rock fue transgresor cuando vino, por eso se hizo lo que se hizo. Cuando dejó de ser transgresor es cuando la gente deja de ir a ver bandas de rock, o sólo va a ver bandas de rock que quedan de hace 30 años. Y eso es lo que me gustó siempre del rock. Lo que tengo es una forma de entender o un interés al abordar la música que es rockero desde lo que es la filosofía, que me parece que tiene que ver con romper, que tiene que ver con la denuncia en algún aspecto. El tango tiene muchísima denuncia, por eso para mí el tango es muy rockero. La energía del tango, o al menos la parte que a mí más me interesa o por la que me siento más atraído es la que comparte con el rock desde el punto de vista de la marginalidad, del barrio, de lo oscuro, de la noche, de los momentos de soledad, de bronca, a veces. No son los ánimos quizás de otros géneros que pueden ser hermosos pero tienen otras características. No sé, no creo que sea ése el ánimo que se impone cuando alguien está escuchando Bach, o cuando alguien está escuchando una zamba del Cuchi Leguizamón, que me encanta, pero es otro tipo de expresión, de estética. La rockera y la tanguera comparten eso, y en ese sentido creo que es donde yo puedo encontrar un lazo entre el tango y el rock.

– ¿Qué pasa con la impronta varonil propia del Tango? Muchos proyectos musicales que pueden ubicarse en el Tango Siglo XXI tienen al frente (y a los costados) mujeres cantoras, compositoras y músicas. ¿Cómo dialogan con los mandatos del género en ese sentido?

RF: Yo corregiría la primera palabra: para mí no es varonil sino edípico. Porque lo que tiene el tango desde el punto de vista machista en realidad es una tremenda adoración por la figura de la madre y por la figura de la mujer que te deja, que te abandona, pero desde un lugar casi maternal, porque es una cosa del No me abandones, de la imagen del hombre que es abandonado por la mujer, que llora, Quién lo hubiera dicho, etc. Es una visión maternal de la mujer, ni siquiera sexual, como en el rock quizá sí.

PM: No puedo dejar de pensar en por qué me parece tan actual y tan definitorio de esta época un tango como Qué buena está tu vieja de Lucio Arce, porque para mí da vuelta completamente el lugar de la madre, pone a la madre en un lugar de deseo, la llena de sexualidad a la madre, a diferencia de este tango edípico del que hablaba Rafa. Para mí está buenísimo que pase eso, yo creo que en nuestro caso no sólo en el tango, sino en la vida, es algo que se ejerce permanentemente y está bueno revisar un montón de cosas, de preconceptos con los que fuimos criados y no hablo tanto de crianza personal, sino de una cuestión colectiva, de cómo determinados preconceptos o paradigmas que nos fueron impuestos y hay que destruirlos absolutamente. Yendo a nuestra obra en particular, justamente la única artista mujer que está en el disco es Adriana Varela y ella canta un tema que se llama El Fantasma de Evita. El Fantasma de Evita es parte de obsesiones mías de mezclar los íconos nacionales con lo sobrenatural, pensando también en lo patriótico como un fenómeno paranormal o sobrenatural. Pero en este caso se suma el hecho de que Evita revive y baja a la tierra porque cuando se muere Leonardo Favio la hace revivir para filmar una película y ahí Evita baja a la tierra sólo para cagar a trompadas a los chabones  retrogados y machistas. Justamente es el tema que canta Adriana. Me parece que forma parte hasta en lo narrativo, o poético, en lo lírico del grupo, de este proyecto eso, hablar de eso como temática, como cuestión explícita.

Los Tangócratas seguirán impartiendo su ley: que sea el tango el que nos encuentre. Mientras preparan lo que será Tangócratas 2, en cuevas o milongas se cruzarán Homero Manzi con el punk rock y el Tape Rubín con Los Twist o con una versión de She Bangs (de Robi Rosa, popularizada por Ricky Martin), rompiendo con la idea de que toda resistencia debe ser de guitarras eléctricas y cuatro cuartos. Como un símbolo, Marchetti dice de Tanguito de Almendra, de Alejandro del Prado, parte de su repertorio: «me parece clave en el sentido de que trae para el tango la idea del mañana es mejor de Spinetta. Y cuando existe algún tipo de nostalgia, ese pasado al que se alude es: ‘te acordás cuando escuchábamos Almendra / en el Winco desinflado de una siesta’. Hay una idea de ver al rock ya como pasado, y de desarticular esta idea de todo tiempo pasado fue mejor del tango».

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Soy Rada: «la clave es hacerme cargo del éxito»

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El mutifacético Soy Rada presenta «Revuelto» el 11 y 12 de diciembre en el Teatro Opera, con dos únicas funciones cargadas de magia, música, humor y sorpresas. En esta oportunidad, Agustín Aristarán nos pasea por los hitos que le hicieron saltar una y otra vez a nuevos trazos, nuevos lenguajes, nuevos vértigos y nuevas historias que contar.

Fotos: Facu Suárez @irishsuarez

«Revuelto» llega en un tiempo bisagra para el artista, de cierres y aperturas. En el relato no hay cronología, todo convive en su creación: lo que fue, lo que es, lo que se viene. Un camino hecho de andar, que presenta el 11 y 12 de diciembre en el Teatro Opera y profundiza antes en charla con Rock.com.ar.

¿En qué sentís que maduraste más durante estos años?

La música es lo más nuevo que vengo haciendo, pero creo que maduré en lo compositivo, la escritura y en lo sonoro.

Iniciaste tus espectáculos fusionando la magia con el humor. ¿En qué momento te hizo el quiebre para mutar hacia la música?

El primer quiebre fue durante el primer espectáculo de «Soy Rada», cuando decidí guardar al mago. Apareció fuerte la música, pero ejecutada con mi banda. Entendí que quería unir mi proyecto musical con mi proyecto de teatro y comedia. No obstante, ambos van por caminos separados: el teatro con la banda o la banda sola.

¿Cómo encaraste las primeras composiciones?

Tenía cositas guardadas y empecé a escribir. Me junté con Charly Palermo, que es el director y amigo del grupo, para ponerle música a las letras que yo iba tirando. La primera etapa de Soy Rada And The Colibriquis habla más de mi infancia. Ya los demás son un poco más maduros, en Capucá y Álbum de Cicatrices pesa la adultez.

¿Cómo describirías a tu proyecto?

La verdad es que me puse a pensar cómo escucho música y no consumo discos enteros de un mismo género, sino que voy por canciones separadas. Me gusta hacer lo que me gusta escuchar y no tiene un estilo definido. Hacemos trap, como también rock y hip-hop. Pasamos de la cumbia, o una balada desgarradora, hasta una canción de María Elena Walsh hecha punk. Son todos temas propios y algunos covers del primer disco.

¿Qué sensaciones te trajo tu primer concierto y asumir el rol de cantante?

El primer show fue en el festival gastronómico Wateke, que se realiza en Capital y ya tiene varias ediciones. La verdad es que fue bastante inconsciente subirme al escenario como frontman de una banda a cantar, pero como me considero un actor relativamente bueno, actué de cantante. De esa manera la piloteé y la pasé bárbaro.

¿Qué lugar ocupa la música en tu vida?

Está en un lugar principal, me crié escuchando y tocando desde muy chico. En mi casa siempre hubo mucha y muy diversa música. Mi hermano es un gran artista y la gran mayoría de mis amigos están en la misma. Es fundamental para mí y amo esta carrera que estamos haciendo. Desde luego que no invalida las otras cosas que realizo. En los discos de los Coli, y en mi vida, conviven un montón de géneros que tienen que ver con el entretenimiento y el arte.

Cosechaste una cantidad inmensa de seguidores que manifiestan cariño en cada propuesta que compartís. ¿A cuál de tus roles o virtudes se lo adjudicás en mayor medida?

Creo que la clave, si es que hay alguna, es hacerme cargo del éxito. No por el hecho de que me vaya bien, sino porque vivo de lo que me gusta y la gente que me quiere, yo la quiero también. Creo que es por la diversidad de cosas que hago y busqué público para cada una de ellas. Por ahí, al que le gusta mi música no le gusta tanto mis contenidos en redes sociales; o a la inversa. Otro mira el contenido de YouTube y no le copa tanto lo que hago en Instagram. El público fue encontrando qué le gusta de mí.

¿Qué condimentos tendrán estas dos funciones en El Opera?

Por empezar, no toqué con espectáculos míos en El Opera. Sí en festivales y algunas cosas para las que me convocaron. Creo que, junto al Gran Rex, son los teatros más importantes de la Ciudad de Buenos Aires. Hace mucho tiempo que quería estar en ese escenario y de la mano de 300, productora con la que estoy trabajando, lo vamos a hacer. Será un mega espectáculo de comedia, donde pasará de todo y volveré a mis raíces con la magia. A su vez, presentaré canciones nuevas de los Coli. Hay un disco entero que está macerándose con otro tiempo de composición y otra gente con la que trabajé. Algunas de ellas van a estar presentes. Todo estará perfectamente enjambrado y revuelto.

¿Siempre manteniendo la misma formación?

En realidad, hay un guitarrista nuevo, que es Kahil Ferraris. También está Charly Palermo en bajo, Pablito Vignati en batería y Martín Rosas en segunda guitarra. A su vez, habrá una sorpresa para el final que me dan unas ganas de contarla, pero no puedo. Para los que vengan, me hago cargo y digo: «Yo estuve en Revuelto cuando se pudrió todo en El Opera».

Si tuvieses que elegir una canción para iniciar al lector de Rock.com.ar en en el mundo Colibriquis, ¿cuál sería?

¡Qué difícil! Te voy a decir dos porque nunca me quedo con una sola cosa. «Avisame cuando llegues» es la canción que más se popularizó de la banda y es un reggae que me gusta mucho porque tiene algo muy lindo en su estribillo. La segunda es «Vertical», un trap medio rockero que nada tiene que ver con la primera. Ahí están las dos puntas del proyecto por las que pueden empezar.

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Los Espíritus: «Quedó algo muy ecléctico»

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La banda llega el 10 de diciembre al Teatro Gran Rex para presentar «Sancocho Stereo», su quinto álbum de estudio iniciado lúdicamente como un programa radial ficticio.

Los Espíritus. Foto: Guido Adler

A una década de haber irrumpido en la escena emergente, y luego de girar por Latinoamérica y Europa, la agrupación compuesta por Maxi Prietto en guitarra y voces; Miguel Mactas en guitarra; Martín Ferbat en bajo; y Pipe Correa en batería, nos deleita con «Sancocho Stereo»: su quinto álbum de estudio involucra a amigos de ruta como Daniel Melingo, Carca y Gustavo Santaolalla, entre otros. También cuenta con el aporte periodístico de Enrique Symns y Norberto «Ruso» Verea, que ponen sus voces al servicio de este experimento de psicodelia comunitaria. El álbum está compuesto por 14 tracks, de carácter heterogéneo y multifacético, que se profundizan en Rock.com.ar mediante una charla con sus protagonistas.

¿En qué momento se encuentran Los Espíritus?

Maxi Prietto: La verdad que es un momento muy productivo y prolífico. Cuando arrancó la pandemia descansamos y aceptamos el momento. Después se nos ocurrió la posibilidad de trabajar de una manera distinta y producir canciones a la distancia. Así tomó forma este primer capítulo, que se terminó publicando en las plataformas.

Le siguió el segundo, donde ya estaba Melingo como invitado. Para esa instancia podíamos ir al estudio, entonces tocamos con un sonido más nuestro. La idea fue tratar de relacionarnos con músicos y se terminó transformando en un disco que nos dio muchas alegrías.

Trabajamos con Melingo, con Carca; presentamos un blues nuevo e hicimos una versión de un tema de Vox Dei. También tenemos a Santaolalla.

¿Qué conexión existe entre los invitados?

A Santaolalla lo conocimos hace unos años y quedó la idea de hacer algo. Una vez nos invitó a conocerlo e hizo una apreciación del grupo y del sonido. Quedamos fascinados porque nos dio una visión que ninguno de nosotros tenía. Después lo cruzamos en un festival y tocamos unos temas juntos. La colaboración finalmente tomó forma con «Lagunas blancas», que es una canción nueva de carácter experimental.

A Melingo lo tenía muy presente porque siempre fui fan de su obra y no podía comprender que la admiración fuese mutua. Se dio una amistad espectacular e hicimos muchas juntadas en la terraza. Aprendimos mucho durante las charlas, hablando de experiencias y música.

Con Carca lo mismo, son todos músicos de una trayectoria y conocimientos tremenda.

¿En qué sienten que maduraron más durante estos años de laburo intenso?

Es algo que pienso bastante, antes éramos más impacientes y lo que hacíamos quedaba. Era parte de un concepto y nos gustaba capturar esa energía. En este disco se da que están las dos. Por ejemplo, «Buscando la luz» fue el resultado de una sola toma durante el primer encuentro después del confinamiento. Otros temas los grabamos al menos tres o cuatro veces, o sea que los produjimos bastante. En otra época de Los Espíritus era impensado y quedó algo muy ecléctico, porque conviven canciones muy espontáneas y otras más trabajadas. Tal es el caso de «Ayudas», que representa esta nueva etapa y estamos muy contentos con la paciencia que le pusimos.

Hicieron una fusión más que interesante entre las canciones y ese espíritu radial.

Sí, cuando empezamos a darle forma se nos ocurrió que podía ser un programa donde pasaran dos o tres canciones, a modo de capítulos cortos, en una radio llamada Sancocho Stereo. La idea fue mutando, porque primero era un locutor y después se transformó en la opción de que alguien recitase algo; como en el caso de Melingo o Enrique Symns, que tiraron alguna frase poética o presentaron alguna canción. El pico máximo se dio cuando apareció el Ruso Verea en el último capítulo, que también fue un sueño porque de chico lo escuchaba todas las noches en Rock & Pop. Cuando te gusta la música, en algún momento tocás un instrumento; pero antes comprás discos, los escuchás y te quedás mirando la tapa o leyendo el librito. Vas a los recitales y se genera todo un mundo, que hoy se hace presente con El Ruso y Melingo. En cierta forma, no dejamos de ser público.

Durante la pandemia se abrió el abanico de los streaming y muchas bandas optaron por no realizarlos. ¿Cómo lo vivieron ustedes y qué pesó más? ¿Las ganas de seguir tocando o la necesidad económica?

Es una mezcla de las dos. La primera sensación de los streaming no fue positiva y nos pareció apocalíptico, porque la música siempre se trató de compartir en un mismo recinto. Sobre todo, en nuestros recitales, donde pasa de todo. Hay una unión, que es parte de lo que está sucediendo, entonces no imaginamos eso en primer lugar. Tardamos bastante en hacer nuestro propio streaming porque empezamos a poner condiciones de cómo sería y pensado como algo que nos tendría que gustar a nosotros, básicamente. Entonces, se nos ocurrió desarmar la sala de abajo y el escenario de arriba, para distribuir bien el lugar donde ensayábamos, que era el Club Plasma, y resultó nuestro bunker. Nos pareció una buena idea transmitir desde ahí porque era casi lo mismo que estar en el estudio de grabación, ubicado en el piso de abajo. De esa manera, podíamos hacerlo sonar como queríamos y divertirnos. Después, apareció una productora que se encargó de la logística de las cámaras y convocamos a Alejo Moguillansky para la dirección. En cuanto a lo laboral, sabíamos que no iba a ser redituable, pero teníamos ganas de hacerlo y fue como una especie de reencuentro con el público.

¿Qué condimentos tendrá El Gran Rex?

Es una fecha muy importante para nosotros y también cierra este proceso pandémico, más allá de que no sabemos cómo va a terminar. De lo que se inició como una serie de grabaciones con invitados, y que tomó forma de disco, sería la presentación y conclusión de un momento en el que vivimos gran parte encerrados.

¿Hay posibilidades de que los artistas que participaron del álbum, los acompañen también en el vivo?

Sí, la idea es esa. Va a ser un recital distinto, en el sentido de que habrá varios invitados del disco y otros con los que tenemos amistad y queremos que participen también.

En un mundo donde la inmediatez está a flor de piel, ¿por qué siguen apostando al disco físico?

Puede que sea generacional. Cuando decidimos darle forma de disco a todas estas grabaciones, para mí fue un alivio mental. La considero como una experiencia, en la cual su duración le da una coherencia a la obra. Me gustan los singles, pero cuando se los separa como anticipo de algo o es la cara de un álbum.

Si tuvieses que elegir una de las canciones del disco para compartir con los lectores de Rock.com.ar, ¿cuál sería?

Hoy por hoy elegiría «Lagunas blancas», porque es nueva y fue la que hicimos con Gustavo Santaolalla. Y también «La antillana», que mandamos al Scientist: un productor jamaiquino que la deformó toda. Esas dos tienen el plus de ser novedosas. Pero creo que la que más me gusta es «Buscando la luz».

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Ale Kurz: «A mí me encanta la vida, pero la muerte es una consejera»

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El cantante de El Bordo presenta «Brillando azul», su primer disco solista inspirado en el mundo beatnik, los sueños anotados en una libreta y la experiencia de haber sobrevivido a la pandemia.

Ale Kurz. Foto: Emma Distilo

La palabra indicada para definir a Ale Kurz por estos días es fortaleza. Ese mantra de orden, silencio y plenitud que rodea al cantante de El Bordo se entrecruza con el ascenso de su propia identidad presente como solista y el camino recorrido con su banda de toda la vida. Es todo alegría verlo ahí, presente en la sonrisa perfecta que lo ilumina desde la puerta que abre en su departamento de Caballito, luego de haber estado internado con un cuadro grave de pulmonía bilateral por coronavirus. Esta fortaleza invisible y actual lo sostiene como un aura potente que destierra cualquier contacto cercano con la muerte.

En la entrevista, nos abre la puerta ese hombre nuevo, con los ojos brillantes y agradecidos. «Charly García dijo que hizo un disco y gracias a eso sobrevivió a la pandemia y a mí me pasa un poco lo mismo», dice mientras subimos en un ascensor diminuto con un espejo que lo devuelve prolijo, más parecido a un modelo publicitario que a un cantante de rock.

“Durante mi internación, pensé en proyectos que me dieran fuerzas para salir adelante”, repasa Kurz. Brillando Azul, su primer disco solista, sin dudas fue su gran motivación y se convirtió en un testimonio de vida.

El piso de Kurz también habla de esa marea de sensaciones que fluyen en él: lleno de luz, con las ventanas abiertas, libros de filosofía oriental a la vista pero ordenados y una pulcritud que lo aleja del prototipo de cantante de rock reventado. El libro de las mutaciones del I-Ching, famoso oráculo milenario chino, destaca en su biblioteca.

¿Así que te gusta el I-Ching?

Me encanta la filosofía oriental en general. No encontraba las moneditas que se usan para preguntar lo que querés saber de tu vida, pero me di cuenta de que estaban al lado, metidas en un sobre. Es un libro hermoso, suelo consultarlo pero lo importante es saber interpretar lo que te dice. Me asombra que tenga tantos años y haya sobrevivido a las civilizaciones y el paso del tiempo, como «El arte de la guerra». Son textos que se pueden seguir aplicando hoy, en la vida cotidiana; eso es alucinante.

¿Sos lector?

Soy muy lector beatnik. Me gustan mucho los norteamericanos de esa generación como Burroughs, Allen Ginsberg y Bukowski. Me encanta la filosofía, pero más cuando es urbana y se entremezcla con vivencias. La filosofía oriental, el budismo, son más teóricos y me cuestan más, pero cuando está mezclado con historias y cotidianeidad le entro más fácil. Aparte me gusta la belleza romántica que tiene ese lenguaje. También leo poesía y uno de mis libros favoritos es «Una temporada en el infierno», de Rimbaud.

¿Asociás los gustos literarios con tu búsqueda musical?

Siempre me gustó el rock de contenido. Esto no quiere decir que uno siempre comprenda lo que dicen las canciones, pero me parece mucho más atractivo cuando sabés que hay algo detrás. Por ejemplo, cuando empecé a escuchar La Renga, me volví loco con las conexiones que ellos hacían con los libros de Carlos Castaneda. Eso es lo que más me alucinaba de la banda. Cuando empecé a entender de dónde venía eso y a leer Las enseñanzas de Don Juan, se me abrió otro mundo. Ahí viajé por Latinoamérica de mochilero y me enganché con todo ese mundo. Mis viejos también son muy lectores y cuando yo era muy chico, mi viejo me dio para leer El Antricristo y me arruinó la vida (risas). Fue algo espectacular porque entendí que se podía romper con las tradiciones y los mandatos. La literatura es un combustible enorme, que mezclado con las vivencias te da mucho para escribir. También tengo un hábito que le robé a Gustavo Cerati, que es leer y mientras tanto tener un cuaderno al lado para anotar palabras que me gusten.

Ale vive en el último piso de un departamento de Caballito que, recuperando las palabras de su estado de ánimo, parece una fortaleza. Un lugar elevado, con ventanales abiertos por los que empieza, de golpe, a correr un viento fuerte pero soportable, que rodea la luminosidad de la tarde dibujada entre los edificios que se ven a la distancia. “Mi casa es así, está hecha de viento”, bromea el cantante que convive con Vicky, su novia a la que no pudo ver durante su internación por Covid, debido al aislamiento. “Nos llamábamos por teléfono y recibía el apoyo de mis familiares que iban hasta la puerta del hospital, aunque no podían entrar”, recuerda el artista de esa oscuridad que parece haber sido barrida por todo ese viento que acaricia su departamento.

¿Se puede decir que zafaste de morir?

¿Sabés qué fue lo que me pasó? Cuando estaba internado entendí que eso no podía ser el final, que había que seguir brillando en esta vida, aunque sea en un solo color. Ahí nació la idea de Brillando azul. En mi caso, la experiencia que viví fue un poco extrema. Siempre me cuidé mucho, por mi familia, pero con la sensación de que si me llegaba a agarrar el virus, no me iba a pasar nada. La cosa es que me contagié en febrero de este año y me pegó muy mal. No me lo esperaba porque no soy grupo de riesgo. Estuve nueve días con 38 de fiebre que no bajaba y los hospitales tampoco querían internar porque había superpoblación de camas ocupadas en terapia. Cuando conseguí hacerme una radiografía me dijeron que tenía neumonía bilateral y tuve que quedarme internado. El problema era que la fiebre no cedía y yo me sentía cada vez peor hasta que al tercer día me pusieron oxígeno. Me dolía el cuerpo y las costillas, no podía tomar aire, estaba todo flaco, chupado, sin fuerzas. Tuve suerte de salir y creo que, como diría Castaneda, fue un movimiento en mi punto de encaje que movió mi percepción sobre el mundo y tus prioridades.

¿Pensaste en la muerte?

No me llegué a asustar pensando «me voy a morir», pero sí reflexioné sobre lo breve de todo y que no hay tiempo que perder. Dije, «bueno, ahora salgo de acá, tengo estas canciones y las voy a grabar». Los proyectos me dieron fuerza para pensar en grabar los temas que tenía. El título del disco me bajó estando internado. Pensé en lo importante que es seguir brillando, aunque sea en azul, pero en esta penumbra tenía que aparecer la luz. Si entramos en un debate más conspiranoico, de alguna manera vivimos una Tercera Guerra Mundial, una guerra bacteriológica en la que los protagonistas no estaban claros.

¿Estás a favor de la vacunación?

Respeto al que piensa que no, pero de ahí a pensar que me van a poner un chip para controlar mis acciones… no llego a pensar eso. Sí creo que no es una vacuna que no tuvo el tiempo suficiente como para estar aprobada, sino que fue sacada de emergencia pero creo en la medicina occidental y tomo Ibuprofeno cuando tengo fiebre. Entiendo que el que vive en la montaña y no toma ningún medicamento ni come alimentos envasados no se quiera vacunar. Tampoco creo estar lo suficientemente capacitado como para discutir las vacunas, tendría que estudiar más del tema.

Brillando Azul, se aleja del sonido que venían manteniendo con El Bordo…

Sí, eso fue un movimiento deliberado de mi parte. La primera canción que me salió fue «El Comienzo», con un tono íntimo electrónico. Apenas la empecé a imaginar la sentí distinta y sin competir con lo que hago con la banda porque son dos propuestas diferentes. Entonces fui vistiendo los temas de una manera diferencial con algunos extremos como la última canción del disco, «Mar de Sonrisas», que salió solamente con guitarras, un cuarteto de cuerdas clásico y mi voz. Estos formatos se hacen más difíciles de llevar adelante en una banda de rock.

Es un disco que saca una parte tuya desconocida…

El disco me dio la posibilidad de llevar las canciones a otros lados. Por ejemplo, en «La mandolina» que tiene cosas más folk o temas que son más pop con agregados electrónicos, más alternativos. La verdad que estoy muy contento con los colores que tiene el álbum. Volviendo con Cerati, creo que seguí esa frase de él, cuando dice que el riesgo es el camino más intenso. Me gustó la idea de arriesgar y no pisar sobre seguro. Al mismo tiempo creo que tiene sentido que mi primer disco solista sea distinto a lo que hago con la banda, porque sino ¿para qué lo saqué? Siento que el resultado fue un disco muy íntimo, con interpretaciones de la voz muy al frente y una calidad de audio impresionante.

Ale hace una pausa, mira por uno de los ventanales que dan hacia el sur de Caballito mientras la tarde va agotando sus colores en un sol ya imperceptible. De repente se para y vuelve con una libreta de tapas de cuero marrón, como si se tratara de algún libro mágico de esos que guardaban los sabios de la Edad Media. “Mirá acá adentro anoto los sueños y las letras que se me van ocurriendo”, dice mientras pasa las hojas del cuaderno que lleva como título “La Pluma Vagabunda”; muchas anotaciones en birome bic azul, con pocas tachaduras, y caligrafía prolija en mayúsculas. “La verdad, no tengo idea de dónde sale todo esto; a veces pienso que soy una especie de muñeco al que le dictan todo lo que va saliendo mientras escribo”, reflexiona y el aire se contagia de esos versos de El Bordo: Dormido estás, viajando por tus sueños / y el sol que está buscando abrir tus ojos/ para que al despertar veas un mundo distinto/ que en vos tal vez cambió…

Hablando de la vida y la muerte, el rock parece siempre estar al límite de todo esto.

Es como una cuestión épica de tragedia griega. Se pone muy en juego el tema del amor, el romanticismo, la vida y la muerte. También la traición. El rock es un género muy pasional. A esta altura ya no hablamos del rock como un género musical, porque sería muy amplio todo lo que incluye dentro, pero sí que la cultura rock tiene que ver con la pasión, el sentimiento. No sé cuántos géneros musicales provocan que haya un chico o chica que se tomen un micro para ir a ver una banda desde Mendoza a Buenos Aires. No creo que esa movida exista en otros géneros que no sea el rock. Esa pasión despierta muchas variables y límites entre la vida y la muerte. Puedo nombrarte como ejemplos a los héroes del rock: Cobain, Janis Joplin, Hendrix y todo el Club de los 27 que yo por suerte ya pasé hace rato, porque tengo 38 (risas). A mí me encanta la vida, pero la muerte es una consejera, la que nos pone en vereda y nos muestra el riesgo. Vivir con la conciencia de la muerte es lo que te hace valorar el día a día y lo que tenés.

Hablando de estrellas de rock… ¿Cómo te llevás con la fama?

De entrada tenés que hacerle caso a los que te conocen de antes. Mi sensor siempre son mis papás. Si ellos dicen que hay algo que estoy haciendo que no les parece, es a los primeros a los que voy a escuchar. También a mi pareja y amigos que me conocen desde siempre. Esos son los que no quieren nada de vos, solamente te quieren y los más importantes. La vida es como un viaje en tren; a veces compartís el vagón con alguna gente y después te toca estar con otros, en otro trayecto. Por otra parte, no soy de esos que les gusta dar portazos porque el mundo es chico y a la gente te la volvés a cruzar. Si tengo que cerrar un vínculo, trato de que sea con armonía.

O sea, que no te presenta muchos inconvenientes…

Pasa que yo voy viviendo lo mío y creo que lo que me pasa es porque me tiene que pasar. Es lo normal, pero a veces pienso que tenía 23 años y estaba tocando en Obras para 4 mil personas. En ese momento no pensaba mucho en eso y ahora soy más consciente de que era un chico que estaba manejando un nivel de energía enorme. Me sorprenden esas cosas, pero también pasaron más de veinte años y creo que lo único que mantuve constante en todo ese tiempo fue a la banda. Cambié de gustos, formas de pensar, influencias, mil cosas; por eso tener un proyecto que dure tanto, con perspectiva a futuro, lo considero super valioso.

Grandes historias pasaron por ese tren de la vida que nombra Ale Kurz, llamado El Bordo. Desde sus inicios a fines de los neoliberales años noventas, como un grupo de amigos del colegio que debutaban en el bar La Colorada de Caballito, a un camino que los disparó a ser una de las bandas de rock barrial más convocantes de todo el país. De la explosión del Carnaval de las Heridas (2002), hasta Instante Eterno (2018) el acústico en vivo y publicado por Sony Music, la banda experimentó un crecimiento sostenido en seguidores y solidez musical.

¿Se llevan bien entre ustedes?

Claro, por supuesto. Hay un vínculo sano, lo que no quiere decir que existan conflictos porque son inherentes a la vida humana. Nos queremos mucho y queremos lo mejor para el otro. Eso es lo que hace que el proyecto dure tanto. Esto que estoy haciendo ahora es un poco una inquietud artística que quiero que conviva con el grupo. Estoy muy contento porque ahora tengo a mi banda de rock y por otro lado mi proyecto más íntimo, al que voy a llevar a salas de teatro y lugares más chicos. Ambas cosas me dan una visual artística que me resulta muy atractiva.

«La Pluma Vagabunda» sigue apoyada sobre la mesa, con sus tapas de cuero marrón cerradas y una pequeña piedra de color rosa que lo adorna en la parte de arriba. Adentro están los gritos y sueños de Kurz, esas contradicciones abstractas que según los psicoanalistas vienen del inconsciente de las personas, pero los artistas saben que no puede ser solo eso, que hay mucho más, por eso siguen escribiendo.

¿Qué sentís cuando escribís las letras?

Mis letras son genuinas, nada de lo que escribo es impostado. Vos me decías hace un rato que soy prolijo y creo que la elegancia es un valor muy importante, también en las palabras y el modo de decir las cosas artísticamente. Eso lo veo como un todo que quizás tenga que ver con el momento que estoy viviendo ahora, a esta edad. Por ahí, de chico era solamente la pasión y buscar el desenfreno y el éxtasis que genera la música y cualquier tipo de expresión artística. El rock te vende una desprolijidad que no es real. Hendrix a la noche se clavaba un ácido, tocaba y se prendía fuego con la guitarra, pero si lo agarrabas a la mañana, el tipo sabía muchísimo de música, instrumentos y obviamente que también sabía de guitarras. La comercialización mainstream que se hizo del rock estuvo relacionada con el descontrol, el reviente, el exceso. No creo que puedas durar demasiado de esa manera, y mi objetivo es durar con pasión, transmitiendo algo que sea genuino.

¿Notaste alguna influencia particular en «Brillando azul»?

Siempre que lo escuché me pareció que era música nueva. También encuentro influencias, por ejemplo cuando uso la mandolina, hay algo de Chris Cornell en su etapa solista, también de Johnny Mitchell y Led Zeppelin. En otros momentos el disco suena más beatle, más britpop onda Stereophonics o The Verve. Incluso alguna cosa más pop como The Killers o Kings of Leon. Son bandas que me gustan mucho, que se alejan del sonido de El Bordo como INXS. Michael Hutchence me parece uno de los mejores cantantes de la historia. Escuché cosas muy variadas que participaron indirectamente como influencias en el disco y me gustó mucho el resultado final.
Brillando azul, se compone de ocho temas con todas estas influencias que comenta Kurz y más. El álbum consuma una vida propia con fuerza y sutileza en un espectro rockero que conmueve por lo poético de sus capturas musicales pero también por sus letras que rozan la experiencia personal reciente del artista: El miedo de vivir nos va a enfermar, nos va a partir, nos va a cobrar nuestro festín, dice el “Penumbra”, el tercer tema del disco. Se hace de noche y el vendaval persiste. Los ventanales siguen abiertos en el departamento de Ale y ese viento que todo empuja continúa llevándose lo malo para que quede lo bueno. Esas ráfagas que bien podrían ser el amor por la vida del que se sirve Kurz todo el tiempo, escribiendo en ese libro mágico que contiene todos sus sueños.

Kurz presentará «Brillando azul» el domingo 5 de diciembre a las 21 hs. en el Centro Cultural Konex, Sarmiento 3131, CABA. Entradas a la venta en este link.

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